La niña (Mención Honrosa)
La ciudad avanza, la pena se queda en la niña. La ciudad no sabe de la pena de la niña. La niña no recuerda el origen de su pena, se aleja de la ciudad, de sus habitantes. La mujer ve crecer a su hija y recuerda el origen de su pena, mira con desconfianza la ciudad en la que crece la hija. La mujer conversa con su pena, con la ciudad y baila con la hija. La hija no tiene penas. La ciudad progresa, quiere proteger a las niñas.
Rosario Vial Valenzuela, 51 años, Peñalolén.
Dueña de casa
Se levanta temprano y extrañamente no escucha a nadie. No oye a su hijo cuando le pregunta por el desayuno ni a su marido cuando le pregunta dónde están sus zapatos.
Sale a la calle sin saludar a la vecina y tampoco le responde al conserje que le pregunta por el niño. No contesta el teléfono cuando suena insistentemente. Toma una micro y se baja al final del recorrido. Luego camina cuesta arriba hasta la entrada del Panul y sigue caminando hacia arriba. Mientras sube la montaña decide que ese día todos se las pueden arreglar sin ella.
JC, 33 años, La Cisterna.
Clientes
A veces me toca caminar tarde por Portugal y está oscuro. Apuro el trote para llegar a Jofré. Si es un día malo está cerrado, si es un día bueno hay una familia llorando afuera de la funeraria o algo por el estilo. Intento pasar cerca para sentir seguridad, pero a veces me siento culpable o egoísta de querer que haya clientes que me den un respiro del miedo que me da caminar hacia el sur.
Camila Núñez Escalona, 26 años, Santiago.
Mujer feliz
Una «mujer feliz» cada vez que sale siente satisfacción de sí misma. Una mujer entra al metro con la frente en alto. Una «mujer feliz» entra a la peluquería, arregla su cabello y lleva uñas coloridas. Una «mujer feliz» recibe a su familia con una sonrisa irreal de muñeca Barbie. Una «mujer feliz» siempre lo está, solo lo intenta por su familia. Pero cuando cae la noche ella llora en silencio, dejando de fingir. Una «mujer feliz» trata de descansar por las noches para que al otro día pueda ser una «mujer feliz» de nuevo.
Martina Gutiérrez Baeza, 16 años, Buin.
Aprendí a
ver en el reflejo de los autos a la persona de atrás para ver si me sigue, caminar sin audífonos para escuchar los pasos, memorizar rápidamente las patentes de los autos,
dejarme crecer las uñas como garras, ponerme las llaves entre los dedos. Aprendí a avisarle a mi amiga que, por suerte, ya llegué.
Martina Olmedo Soto, 15 años, Quilicura.
La señora del aseo
Había viajado a cuidar a mi madre. Ya de vuelta caminé por Argomedo arrastrando la maleta. Toqué el timbre. Mi marido me esperaba. Con un poco de vergüenza me dijo: «Disculpa, la señora del aseo no ha venido». Toqué el polvo sobre los muebles. Vi la canasta con ropa sucia. Me detuve ante los platos y sobras. Entré al baño. En el espejo inmundo estaba mi cansancio. Tomé mi maleta y caminé por Argomedo, en sentido contrario.
Ana María Devaud Oberreuter, 67 años, Providencia.
Pimienta
Más que para dar sabor, para caminar de noche.
Marina Vega Cornejo, 28 años, Maipú.
Alerta
Voy en la micro sentada junto a la ventana con los audífonos puestos, pero con el volumen apagado. Alguien se sienta a mi lado, me tenso. Miro de reojo y suspiro aliviada: es una mujer. Le doy play a la música.
Ana Mardones Quintana, 22 años, Melipilla.
Me quiero libre
A media cuadra tras haber salido de mi casa me gritaron. Dos cuadras más allá un auto paró y desde ahí también me gritaron. Me subí en Santa Ana y sentí cómo unas
manos rozaron mi pantalón. Me bajé en Baquedano y vi cómo alguien miraba mi pecho. Fue un 8 de marzo, día en el que más que nunca empiné mi pancarta: “Me quiero libre”.
Fernanda Pérez Lagos, 20 años, Huechuraba.
8M
Le tomó las manos y le dio un beso en la mejilla. Miraba emocionada las noticias por la tele chiquitita que había en la cocina. Dio un respingo cuando se dio cuenta de que era la primera vez que no le pedía a su hija que se cuidara.
Josefina Onetto Nova, 20 años, Las Condes.